Azucena y la tos
Había infiernos más duros y perpetuos
que los que la joven catequista pretendía que temiéramos
que nos pedía que imagináramos
siempre llamas, siempre lamentos
y un abanico de impías serenidades
a unos cuantos centímetros arriba
en ese cuadro amarillento del templo
siempre llamas, siempre un infierno estático
perpetuo en los límites de su cuadro mal pintado
el infierno sin embargo era igual a Dios
tenía diversas formas de presentarse
y estaba en todas partes
aunque nunca nos lo enseñó Azucena en el catecismo
lo supe bien esa tarde
con mis siete años en la bolsa
en que desde el techo de la casa de Jorge
la vi ahí tirada
su padre se subía los pantalones
sus hermanas se burlaban
y los más pequeños jugaban al lado a las canicas
indiferentes
nos dimos la vuelta y encendimos un cigarro
lo fumamos como pudimos
tosiendo



















